RECUERDOS DE MARA
capítulo 10
La llave no quería encajar en la cerradura. “Quién va a poder más ¿tú o yo?” pensó Carlos mientras luchaba con ese difícil trocito de metal. Otro intento más y… nada. Ante la imposibilidad de abrir la puerta, Carlos examinó el manojo de llaves levantando y bajando las cejas mientras trataba de enfocar sus pupilas en ellas. ¡Que tonto! Estaba tratando de abrir la puerta del piso con la llave del portal. Escogió la correcta y la cerradura se abrió fácilmente. Pero Carlos mantuvo la puerta entreabierta durante unos segundos sin atreverse a entrar y mirando hacia el interior, como si pretendiera descubrir algo por la oscura rendija que daba al otro lado. Necesitaba hacer acopio de valor para enfrentarse a sus locuras. Locuras que le hacían ver cosas raras. Locuras que le hacían descubrir escenarios irreales en que la presencia de la difunta Mara seguía esperándole. Locuras que… ahogadas en media docena de whiskies parecían ahora más lejanas e irreales. Seguramente todo habría sido una maldita ilusión fruto de una conciencia sucia a la que aún tendría que amaestrar. ¡Vamos allá!
Nada parecía alarmante cuando la luz inundó el recibidor. Claro que no era esa la parte de la vivienda que Carlos asustaba. Decidió acabar pronto con sus dudas, de modo que avanzó. Primero un paso, luego otro… nunca había tardado tanto en recorrer los apenas cinco metros que separaban la entrada de la puerta de la cocina. Cuando llegó a su altura, mientras mantenía la mirada hacia el frente, pulsó el interruptor de la luz de la cocina. El leve zumbido del neón al encenderse y la claridad que provenía de su derecha fue por el momento lo único que se atrevió a observar de la estancia. Cuando girara la cabeza y mirara hacia el interior saldría de dudas. Sabría si se estaba volviendo loco o… quien sabe. Notó como su enfermo corazón latía con más fuerza que nunca. Parecía aporrearle el pecho desde el interior como si quisiera salir. Había que hacerlo, sin más, pasara lo que pasara. Giró la cabeza y desvió su mirada al interior. Lo primero que vio fue el plástico de unas salchichas Frankfurt tirado en el suelo junto a un papel arrugado de chacinas. Eso le animó a seguir. Encontró una cocina sucia, como él la había dejado, como él la quería para que todo encajara de forma razonable. No se explicaba muy bien lo que había visto antes, pero ahora podría dejar de preocuparse. Seguramente una alucinación, una mala pasada de un subconsciente atormentado, ¡qué más da! Ya había pasado. Bastaba con borrarlo de su memoria y convencerse de que ahora todo estaba bien, y eso era lo que importaba. Incluso su corazón ya estaba dejando de taconearle el pecho. ¡Que mal rato! Estaba sudando como un cerdo. Tenía la boca seca. Y eso que llevaba unas horas en el bar humedeciéndola. Cogió la botella de whisky que había entre unas bolsas vacías y unos trozos de pan duro sobre la encimera y echó un chorro en un vaso que no parecía demasiado sucio. Era lo que necesitaba: un trago más. Y refrescarse la cara.
La luz del cuarto de baño no funcionaba. Seguramente la bombilla se habría fundido. Carlos pensó que sería un coñazo tener que cambiarla porque el plafón del techo era difícil de abrir. Pero bueno, no había prisa. Con la luz del pasillo, entró hasta el lavabo y comenzó a refrescarse la cara. Aprovechó para beber un poco de agua de sus propias manos y, mientras lo hacía, recordó el interruptor de la luz del espejo. Dirigió su mano hacia él, lo pulsó y, entonces, apareció. A través del espejo, a su espalda, estaba ella: Mara. Vestía el mismo camisón que llevaba puesto cuando la mató, ahora amarillento y raído por el agua infesta del pantano. Bajo el cabello húmedo y enmarañado, en un rostro pálido como nieve, destacaban dos grandes manchas negras desde las que surgía una mirada imposible que le taladraba el alma. Pequeños cristales parecían atravesar a Carlos cada pequeña vena del cuerpo. Notó como el espinazo se quedaba paralizado, congelado como un témpano que colgara de un alero en el más frío invierno y que amenazara con romperse en mil pedazos con el más leve movimiento. De nuevo notó el golpeteo, cada vez más fuerte, de su corazón, como pájaro que no deja de aletear hasta la extenuación, desesperado por romper la jaula que le separa de la libertad. Por fin, en una momentánea recuperación del control de su propio cuerpo, Carlos se giró. Confiaba en que aquello solo hubiera sido otra mala pasada de su imaginación. Pero allí estaba ella. Apenas un metro les separaba. Jamás se vio un gesto de terror como el que expresaba el rostro de Carlos. Nada podía ir peor hasta que ella comenzó a levantar el brazo hacia él. Era el dedo acusador de la muerte el que le señalaba hasta casi tocarle mientras de su boca entreabierta surgía un gemido inhumano. Carlos no pudo evitar retroceder y tropezar con el bidé, perdiendo el equilibrio y cayendo de espaldas sobre la bañera, arrastrando a su paso las cortinas de plástico que no pudieron soportar su peso. Un “crack” escapó de su espalda. El témpano de hielo se había roto contra el borde de la bañera. Mara seguía señalándole acusadora mientras él resbalaba torpemente hasta quedar sentado en el suelo, sin que sus piernas pudieran hacer nada por sostenerle. La imagen del espectro ante él se fue haciendo cada vez más borrosa. El pecho le iba a reventar con un golpeteo infernal. “¡Por Dios! ¡Que pare, que pare!”. Y paró.
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