RECUERDOS DE MARA
Capítulo 5
Eran más de las dos y media de la madrugada. Carlos cogió una manta del altillo de un armario y la llevó al pasillo. La extendió cerca del cuerpo de su mujer y luego la hizo rodar hasta su interior. Recogió uno a uno los trozos del jarrón roto y los puso junto al cuerpo, sobre la manta. Luego, la enrolló cuidadosamente, atándola después por los extremos para evitar que los trozos de jarrón se salieran. Fregó el suelo hasta hacer desaparecer el último rastro de sangre. Cuando hubo terminado, manteniendo en todo momento un extremado cuidado en no ser visto, bajó su carga hasta el coche que tenía aparcado en el garaje del edificio. y lo introdujo en el maletero. Al hacerlo, observó que la sangre había comenzado a traspasar la manta y una leve mancha se iba dibujando en un lado de esta. Se apresuró a extender por debajo unas bolsas de plástico que llevaba en el maletero con el fin de evitar que una marca acusadora quedara dibujada sobre el piso del mismo.
En pocos minutos había salido de la ciudad. Tras una docena de kilómetros, abandonó la autovía para coger una solitaria carretera comarcal. Poco después llegó a un pantano cuyas aguas abastecían a la mayor parte de la ciudad. Un tramo de la carretera que pasaba junto a una central eléctrica se hallaba bien iluminado. Pero el resto permanecía a oscuras. Pasó por delante de la central con su coche y continuó cruzando la carretera de la presa hasta llegar al otro extremo, el más alejado de las luces delatoras. No había tráfico. Nadie a la vista. Aquello estaba alejado de cualquier lugar habitado. Seguramente no habría ni tan siguiera vigilancia. Y si la había, desde luego, no estaba allí. Paró el coche a un lado de la calzada, en la penumbra, y se bajó apresurado hacia el borde de la presa. Miró hacia abajo y pudo ver el reflejo de la luna en la ondulante y oscura superficie del agua. Tenía el aspecto de ser profunda en aquel lugar por lo que Carlos pensó que era el sitio idóneo. Volvió a mirar a su alrededor. Por un lado, la solitaria central eléctrica. Por el otro, la carretera que, tras recorrer el borde de la presa se adentraba sinuosa entre las oscuras montañas. Abrió el maletero y cogió el pesado bulto para trasladarlo trabajosamente hasta el borde de la presa. En él lo apoyó justo antes de darle un último empujón para lanzarlo a las tenebrosas profundidades del pantano.
- Lo siento Mara, pero ya no puedo hacer nada por ti. Ahora he de pensar en mí. - murmuró tratando quizá de calmar su atormentada conciencia.
El pesado bulto se hundió en las profundas y heladas aguas, abrazado por el negro abismo del fondo, mientras Carlos arrancaba su coche y se alejaba sin mirar atrás.
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