RECUERDOS DE MARA
Capítulo 4
La cerradura de la puerta dio la bienvenida a una llave que, desde hacía tiempo, casi siempre entraba a altas horas de la madrugada. Carlos trataba de no hacer mucho ruido para no despertar a Mara, pero el alcohol le hacía ser torpe. Por eso no pudo evitar tirar el manojo de llaves al suelo al sacarlas y cerrar luego la puerta dando un sonoro portazo. Con razón, al darse la vuelta, vio a Mara de pié, en el pasillo, junto al mueble recibidor en que se hallaba aquel odioso jarrón de porcelana, siempre adornado con flores de tela, mirándole fijamente.
- ¿Que haces levantada? - le preguntó simulando extrañeza.
- Has bebido ¿No?
- ¿Y a ti que te importa?
- ¿Cómo que a mí que me importa? ¿Te quieres morir?
- No sería mala idea. Así no tendría que aguantarte cada día.
- ¡Aguantarme a mí! ¿Y has pensado lo que significa aguantarte a ti, estúpido borracho?
- ¡Mara, no me levantes la voz!
- ¡Te levanto lo que me da la gana! - replicó ella con la voz quebrada entre lágrimas - Esto se ha acabado. Si quieres acabar como un desperdicio humano, allá tú. Pero no cuentes conmigo para nada más.
- ¿Que quieres decir?
- Que me voy a divorciar.
A Carlos se le encendieron los ojos de furia
- ¡Y una mierda!
... y, sin tan siguiera pensarlo, le lanzó una sonora bofetada que lanzó a Mara hacia atrás. En su caída golpeó con la cabeza el mueble situado junto a ella, y acabó tumbada en el suelo, junto a él. Por un momento, pareció no reaccionar, sin embargo, pronto se movió lentamente volviendo su rostro hacia carlos. Sus ojos permanecían cerrados, apretados, conteniendo un dolor incontenible. Por su cuello se deslizaba un hilo de sangre que manaba de entre sus cabellos. Carlos quedó paralizado tratando de comprender lo que había hecho, pero, al mismo tiempo, observando estupefacto como el movimiento del mueble había provocado que el jarrón que había encima se balanceara sobre sí mismo como una peonza en sus últimos giros, sin dejar claro si iba a volver a su posición inicial o si iba a caer al fin. Mara, que comenzaba a incorporarse, se llevó la mano a la nuca con gesto de dolor antes de abrir los ojos y mirar hacia arriba. Lo último que vio fue como el pesado jarrón se precipitaba sobre su cabeza sin darle tan siquiera tiempo de reaccionar para protegerse.
Carlos permanecía sentado en la silla del recibidor, con la cabeza hundida entre sus manos. Manos con las que parecía querer apretarse los oídos para dejar de oír el fatídico crunch que hizo el jarrón al romperse sobre la cabeza indefensa de Mara. O quizá ese crunch salió de su cráneo, seguramente fracturado. Y en efecto, trataba de evitarlo, pero no podía. Retumbaba en su cabeza, una y otra vez, una y otra vez: crunch, crunch...
Mara yacía a su lado con la cabeza enmarcada en un charco de sangre que aún manaba de entre su pelo y que escurría incluso por parte de su cara. Mara estaba muerta. Había sido un accidente, claro, pero eso no lo arreglaba. El culpable había sido él. Su alcoholismo, la tensión a que sometía a su mujer, la degradación de lo que fue un prometedor matrimonio y acabó transformándose en un infierno. Y sobre todo, su bofetada. Él había hecho auténticas perrerías a Mara. La engañaba con rameras, bebía sin importarle el dolor que ella soportaba, la humillaba cuando le venía en gana, pero nunca le había pegado. Y cuando lo hizo, sin saber por que, como si la mano que la abofeteó fuera de otra persona y él fuera un simple testigo impotente, acabó matándola. Al final lo había conseguido. Después de tanto intentarlo, lo había conseguido. Había destrozado su vida. Ella muerta, y él... a la cárcel. Estaba claro. Un marido borracho que mata a su mujer de una paliza. Noticias como esa se escuchaban todos los días. ¿Quién le iba a decir que él acabaría protagonizando una? Y seguro que en la cárcel nadie le trataría bien. Nadie le volvería a mirar a la cara durante el resto de su vida. El mismo se había metido en el infierno y ahora ya no había marcha atrás.
¿O quizá sí? Carlos tenía que sobreponerse a su desesperación. Tenía que pensar algo. Miró a Mara unos instantes y se levantó para ir a vomitar al cuarto de baño. Cuando se repuso, se enjuagó la boca en el lavabo. Luego levantó la vista hacia la imagen del espejo. “Eres un desgraciado” pensó “La has jodido. Pero que bien jodido. Pero tienes que tener calma y pensar en como salir de esta”.
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