RECUERDOS DE MARA
capítulo 9
No podía parar de caminar. Llevaba horas haciéndolo. Los pensamientos se agolpaban en su cabeza mientras sus ojos permanecían fijos en el desfilar de baldosas bajo sus pies. Debía haber sufrido algún tipo de alucinación: ver toda la cocina recogida cuando él la había dejado hecha un auténtico estercolero, inundada de platos sucios, sartenes usadas, envases de alimentos vacíos... Su mente le estaba jugando una mala pasada. Su conciencia estaba sucia y esa era la forma de hacérselo saber. O quizá el recogiera la cocina y ahora no lo recordara. ¿Sería eso posible? ¿Tendría pérdidas de memoria? No, imposible. No porque no pudiera de repente haberse vuelto amnésico, sino porque él jamás habría limpiado la cocina por su propia iniciativa. Desde que Mara no estaba, se había abandonado a la pereza y a la holgazanería en el hogar. Apenas sí recogía lo que le estorbaba en un momento dado para algo: los restos del desayuno para poder poner en la mesa el plato de la comida precocinada, las bolsas vacías y las sartenes usadas para poder apoyar las bolsas de la compra sobre la encimera... ¿Qué clase de locura podría haberle dominado como para recoger la cocina de forma tan pulcra y luego haberlo olvidado por completo? ¿Estaría adquiriendo doble personalidad?
Ya había oscurecido cuando llegó de nuevo ante su casa. Sin darse cuenta, había recorrido kilómetros de ciudad caminando. Había estado en plazas y parques que hacía años que no visitaba. Pero tenía que volver. Tenía que afrontar lo que quisiera que le estuviera sucediendo. Al otro lado de la calle se alzaba el edificio, esperándole, como invitándole a entrar y descubrir secretos que nadie desearía conocer. Miró las ventanas de su vivienda y un escalofrío le recorrió la espalda. Allí era donde tan solo unos días antes había terminado con la vida de Mara. ¿Quizá fuera ella quien aún permaneciera allí para atormentarle en venganza de tal acto miserable? ¿Quizá había vuelto del más allá para aterrorizarle y hacerle sufrir ahora lo que ella padeció hasta su muerte? Estaba empezando a desvariar. Tenía que volver a la casa. Entrar y acabar de una vez con aquella locura. Seguro que todo tenía una explicación natural. Era posible que cuando entrara de nuevo en su cocina la volviera a ver hecha un desastre y entonces quedaría claro que todo había sido una mala pasada de su imaginación. Cruzó la calle con lentitud. Sus ojos volvieron a escrutar las ventanas. Tras las persianas medio alzadas, las cortinas inmóviles. Y detrás, la oscuridad. Entonces escuchó junto a él el estruendoso chirriar de las ruedas de un coche y un claxon que le hicieron apartar la mirada. Justo en ese momento, cuando sus ojos ya habían abandonado las ventanas, pensó ver algo, como una extraña sombra pareció moverse tras una de ellas. De nuevo miró con atención. No había nada. Sin duda se estaba obsesionando. El claxon volvió a sonar con insistencia.
- ¡Eh! Ten cuidado, que estás en Babia.
Carlos se había quedado, sin darse cuenta, parado en mitad de la calle, ante el coche que había estado a punto de atropellarle. Levantó una mano al conductor en gesto de disculpa y siguió caminando hacia el edificio. Un terrible nudo atenazaba su estómago cuando se encontró ante la puerta de entrada al edificio. Miró hacia un lado y otro. Al final de la calle vio como abría uno de los bares de copas a los que solía ir cuando huía de la compañía de su mujer. Estaba claro que necesitaba una copa antes de subir a su casa. O dos.
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