RECUERDOS DE MARA
capítulo 2
Carlos llevaba una vida monótona. Trabajaba en una oficina del Ministerio de Obras Públicas como Jefe de Sección. Tiempo atrás se había enamorado de una chica, diez años más joven que él. Mara había sido enormemente atractiva. Incluso ahora conservaba aún gran parte de esa cualidad. La conoció en Soria, ciudad donde ella vivía con su madre, cuando se trasladó allí para ocupar su plaza recién superadas las oposiciones. Él tenía treinta y cuatro años, ella veinticuatro. A los seis años, cambiaron su destino a Málaga, la ciudad natal de Carlos. Nada les obligaba a ello, pues Carlos tenía poca familia y no se hallaba muy unido a ella. Sin embargo, adoraba la Costa del Sol. El clima, el mar, el ambiente bullicioso... No soportaba imaginarse a sí mismo envejeciendo en Soria. Todo era monótono, fuera y dentro de las paredes de su casa. Carlos no estaba dispuesto a vivir para siempre en una pequeña ciudad provinciana, una ciudad que poco a poco se convertía en una pequeña cárcel cuyos muros se le caían encima aplastándole, de modo que impuso a la complaciente Mara su férreo deseo de trasladarse tan pronto consiguiera la puntuación necesaria para ello.
Carlos estaba convencido de que sus vidas necesitaban un cambio y de que ese cambio podía ser su traslado a Málaga. En cambio, cuando pasaron los años en esa ciudad observó con tristeza que esa medicina no era la acertada. El mal a curar era otro bien distinto: su matrimonio. Su vida con Mara fue haciéndose cada vez más y más extraña. Lo que era pasión se transformó en indiferencia. La complicidad en distancia. Y llegados a un punto, el amor en odio. No en un odio manifiesto, sino en ese odio que, inconscientemente se crea en lo más profundo del alma humana cuando esta se siente perpetuamente condenada a algo. Tras veinte años de matrimonio, Carlos empezó a encontrar su válvula de escape en las salidas nocturnas que organizaba y a las que Mara nunca estaba invitada. Ella, gracias a su actitud de sumisión aprendida del ejemplo materno, pudo ir acostumbrándose con resignación. Carlos la soportaba estoicamente como una obligación asumida con el tiempo y cuyo sentido nunca había llegado a replantearse. Le apetecía ir a casa e iba. No le apetecía y no iba. Carlos se limitaba a obedecer a sus caprichos sin dar más explicaciones, sin tan siquiera pensar si la vida que llevaba era una vida normal. No era una persona reflexiva, capaz de hacer un análisis de su situación y tomar una resolución al respecto. No era capaz de reconocer que no estaba enamorado de su mujer, que incluso le repugnaba la idea de tener que compartir su vida con ella y que con ello estaba destruyendo las vidas de ambos. Ella también era víctima de una particular visión de las cosas. Una visión que en otro tiempo era bastante común, pero que en los albores del siglo veintiuno podría parecer bastante anacrónica. Mara había sido educada en una mentalidad tradicional que minimizaba la importancia de todos esos signos que día a día le decían que su vida era un desastre y que consideraba que una de sus obligaciones naturales como esposa era soportarlos, igual que los había visto soportar a su madre durante tantos años. Seguramente, igual que en ese caso, esta situación se habría de perpetuar llegando hasta la vejez.. Mara se habituó a acostarse cada noche en una cama fría, y Carlos se habituó a volver cada noche en silencio para evitar despertarla. No por evitarle la molestia, sino para evitarse a sí mismo tener que escuchar los continuos reproches y tener que repetir las mismas absurdas explicaciones. De todas formas, últimamente no discutían a las cuatro de la mañana. Mara siempre se despertaba cuando llegaba. Era difícil no hacerlo, pues rara vez no se escuchaba un portazo, alguna silla moverse o algún bote del cuarto de baño caer al suelo. Pero ella evitaba moverse. Se hacía la dormida, dando siempre la espalda al hueco de Carlos en la cama y dejando deslizarse por su cara lágrimas que él nunca veía. Mara no quería ya enfrentarse con él, pues últimamente su carácter se había vuelto muy irascible. El alcohol se fue apoderando no solo de sus noches, sino de su propia personalidad, y celoso de tener que compartir su dominio sobre Carlos con esa mujer, comenzó a provocar en él fuertes reacciones que en más de una ocasión derivaron en violencia. Y no solo empezó a destruir más aún su matrimonio de lo que ya estaba, sino que fue minando poco a poco su propia salud. El alcohol se hizo tan cotidiano para él como el almuerzo o la cena. Más aún, pues muchas eran las noches que no cenaba, pero pocas las que se privaba de su cita con Baco. Carlos no se planteó eso hasta su primer infarto. Sin embargo, puesto a decidir entre conservar su asquerosa vida o arriesgarla escapando de ella a través de un vaso de whisky, siempre acababa eligiendo la segunda opción. Sin embargo, este era ya su segundo infarto. Quizá debería empezar a tomárselo un poco más en serio.
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