RECUERDOS DE MARA
Capítulo 8
Los días pasaban y todo trascurría con aparente normalidad. Una tarde, camino a casa, Carlos paró en el supermercado para comprar una pizza que le evitara tener que cocinar, así como algunas cervezas. Disfrutaba de su nueva vida de soltero. Sin Mara en casa, no era tan desagradable comer allí. Después de comer, recogería la ropa que había dejado por el suelo del dormitorio, y pondría una lavadora. Las instrucciones debían estar por ahí. No podía ser muy complicado. A fin de cuentas, Mara lo hacía cada día. Luego se tumbaría en el sofá, con los pies encima de la mesa, a ver la tele, a dormir la siesta, o a lo que le diera la gana. Ya no tenía que escuchar a su mujer diciéndole a cada momento lo que tenía que hacer. Carlos disfrutaba pensando que no le costaría mucho trabajo adaptarse a esta nueva situación mientras llegaba al piso y dejaba las bolsas en la cocina. Se acercó a poner la televisión y se quedó mirando la pantalla. Ya estaban dando las noticias. Un accidente de tren en un país lejano, un político corrupto protegido por jueces también corruptos, etc... Pero Carlos sintió un resorte en su interior que le dijo que algo extraño pasaba. Algo que no estaba en sus planes. No sabía que era, pero tenía la sensación de que algo no estaba pasando como tenía que pasar. De que algo estaba fuera de contexto. Miró a su alrededor. Todo parecía normal. El sonido del televisor fue apagándose poco a poco en su mente mientras esta trataba de encontrar aquello que le estaba inquietando de esa manera. Fue analizando todo cuanto estaba a su alrededor sin ver nada extraño. Pero sabía que lo había. Había algo que no cuadraba. Lentamente, comenzó a caminar por la casa. Regresó a la cocina. Todo estaba en orden. Entonces fue cuando se dio cuenta. Un pequeño grito se escapó de su garganta inconscientemente. Un frío indescriptible recorrió su espalda hacia arriba hasta congelarle la nuca. Su estómago se contrajo en un nudo que casi le dejaba sin respiración. Por un momento llegó incluso a tambalearse. Sus ojos, abiertos como platos, observaban la cocina perfectamente ordenada. Los vasos y platos amontonados en el fregadero durante días, los restos de comida sobre la encimera, los envases de galletas a medio gastar esparcidos sobre la mesa…, todo estaba recogido, limpio. Todo en su sitio. Aquello era imposible. Un terror atroz se apoderó de Carlos. El terror que se apodera de todo ser humano cuando se encuentra ante un hecho inexplicable. Cuando aquello que jamás podría suceder, sucede sin más explicación. O quizá tuviera algún tipo de explicación. Pero eso le causaba aún más miedo. Como un resorte liberado repentinamente, Carlos salió de la cocina como una exhalación, cogió las llaves del aparador de la entrada, ese mismo que días antes Mara golpeó con la cabeza al caer, y abandonó la casa como alma que lleva el diablo.
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