RECUERDOS DE MARA
capítulo 6
Serían algo más de las nueve de la mañana, cuando un sobresalto le hizo incorporarse violentamente. Carlos miró en torno a él, como si buscara algo por toda la habitación, hasta que sus ojos se posaron, junto a su propia mano, en el hueco vacío que se extendía junto a él en la cama. No había sido un mal sueño. ¡Que más hubiera querido! Mara no estaba, y todo lo que recordaba sobre la noche anterior era verdad. No se trataba de una pesadilla, o de una alucinación sufrida fruto del alcohol, por mucho que su cabeza pareciera querer estallar, como tantas otras mañanas de resaca. Realmente había matado a su mujer, y luego, vilmente se había deshecho de su cuerpo arrojándolo a un pantano. Cada segundo que recordaba aquella tragedia se sentía más sucio, más indigno, más ruin de lo que en el peor de los casos hubiera jamás pensado que podría llegar a ser. Quisiera volver atrás, a la noche anterior, para no repetir lo que hizo. Pensaba en Mara. ¿Que sería de ella? El no era creyente, pero ahora nacían las dudas que a los ateos les surgen cuando pierden a un ser querido. ¿Estaría simplemente muerta, hundida en ese pantano, con varios metros de agua sobre ella? ¿Sería ya, por tanto, solo un cadáver, un trozo de carne muerta con un corazón que ya no late, unos ojos que ya no pueden ver, oídos inundados que jamás volverán a oír, un cerebro que ya no volverá a pensar, ni a sentir, ni a amar ni a odiar? ¿O quizá hay algo tras esta vida? Podría ser que su cuerpo hubiera muerto pero no así su alma. Millones de personas habían creído eso durante miles de años. Él podría estar equivocado al no dar crédito a esa posibilidad. Ahora deseaba con toda su alma que Mara estuviera en alguna parte, en un cielo (sobradamente ganado tras tantos años de tormentos que el mismo le proporcionaba) o donde fuera. Así podría sentirse menos asesino. Había dedicado media vida a destruir poco a poco la felicidad que Mara habría podido tener y luego, en un solo segundo, le negó la posibilidad de cambiar su suerte en el futuro. Si ella, su alma, su espíritu, estaba en algún lugar, quizá él tendría el consuelo de que allí alcanzara la felicidad que, sin duda, merecía encontrar. Quizá, incluso, podría ver desde allí el arrepentimiento de Carlos en lo más profundo de su corazón y perdonarle. “Mara, perdóname” pensó. Y unas lágrimas inundaron sus ojos como hacía años que no lo hacían.
Tuvo que secarse con las manos para poder ver la luz del día que se filtraba por los agujeros de la persiana y que, por su claridad, le hizo pensar que era bastante tarde. Miró el reloj de su mesa de noche: marcaba las nueve y veintidós minutos. ¿Que día era? ¿Tenía que trabajar? Ya iba a tener que inventarse alguna excusa para su retraso, aunque todos pensaran, su jefe el primero, que se debía de nuevo a una de sus habituales resacas.
¡Ah, no! Ahora recordó que aún estaba de baja por su infarto. Podía recostarse de nuevo y mantenerse en la cama todo el rato que quisiera. Así lo hizo. Posó su vista en el techo y sus pensamientos, nuevamente, en sus últimos actos, pero desde otro ángulo distinto, de modo que siguió ese natural instinto de supervivencia que le permitía acabar siempre pensando en sí mismo, y empezó a plantearse como organizaría su vida a partir de ese momento.
Se había deshecho del cuerpo, de modo que nadie pudiera encontrar un cadáver por cuyo crimen culparle. Había limpiado cuidadosamente los restos de sangre y se había deshecho de los trozos del jarrón. Todo lo que le iba a relacionar con el crimen había ido a parar al fondo del pantano, junto a su víctima, por lo que no quedaban pruebas que demostraran lo que allí pasó. Sin embargo, cualquier persona que le conociera observaría inmediatamente la ausencia de su mujer. Debía tener una explicación convincente para eso, pues de lo contrario estaría perdido ante la primera persona que le preguntara al respecto. Todos sabían de sus continuas riñas como para que ahora desapareciera misteriosamente sin ninguna razón. Los vecinos no necesitarían pruebas para murmurar que algo extraño pasaba y, sin duda, habría una mente calenturienta que inventara una historia como la que realmente había pasado.
Pero ¡Qué tonto! Precisamente ahí estaba la solución. Ya le temblaban las manos de terror y tenía la excusa tan cerca... Fue Mara quien decidió que no soportaba más la situación y quien decidió abandonarle para volver a Soria con su madre. ¡Sí! Nadie en Málaga conocía a la madre de Mara. Los encuentros que esta tenía con su madre casi siempre se habían producido en Soria, sobre todo en los últimos años, en que su avanzada edad le disuadía de aventurarse en viajes. Y, en las anecdóticas veces que viajó hasta Málaga años atrás, no había hecho ninguna amistad allí. Nadie contrastaría esa versión. En principio diría que se había ido a cuidar de ella debido a lo delicado de su salud y, cuando pasara el tiempo y nadie la viera volver, recurriría al argumento de la separación definitiva. Era un plan excelente. No podía salir mal. Solo tenía que ser un buen actor, y lo sería.
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