RECUERDOS DE MARA
Capítulo 12
Un cielo gris amenazaba lluvia. Todos allí tenían ganas de que aquello acabara pronto. Lo contrario suponía el riesgo de mojarse innecesariamente y nadie quería estropear un buen traje o vestido con un chubasco inoportuno. Los operarios iban soltando cuerda mientras el ataúd descendía poco a poco hacia el fondo de la sepultura. Iba un poco desnivelado. La parte de la cabeza amenazaba con llegar abajo bastante antes que el resto. Además, se estaba empezando a ladear. Por suerte, un cruce de miradas y un sutil gesto bastaron para que la coordinación volviera a surgir y la caja terminara de recorrer sus últimos centímetros nivelada. Allí estaban los compañeros de trabajo de Carlos, Miguel, el del bar, un par de amigos de la infancia que hacía años que no tenían relación con él pero que se enteraron de la noticia y se animaron a ir, algún familiar lejano… y Paquita. No se lo iba a perder. Además, el hecho de asistir a su entierro le daba cierta cercanía con el caso, algo muy oportuno a la hora de relatar el chisme. Y más ahora, que la autopsia había revelado que la muerte se produjo por un infarto, fruto de una ingesta masiva de alcohol (autopsia cuyo resultado, como todo lo que no debe trascender, trascendió). Eso daba al asunto más morbo aún, si cabe. De hecho, incapaz de contenerse, se hizo acompañar al sepelio por Maruja, una de sus amigas, que ni siquiera conocía a Carlos, pero que era amante incondicional de este tipo de eventos.
Las cuerdas se deslizaron bajo el féretro y fueron recogidas por los empleados del cementerio. Paquita observó como se iba formando un corrillo de personas en un lugar concreto.
- Vamos, Maruja, vamos a dar el pésame.
- ¿Donde está?
- ¡Ay, hija, no te enteras! Pues allí, donde va todo el mundo.
- Si, vamos, vamos.
Y se dirigieron al tumulto con la excitación de quien se dirige a la colapsada entrada de un cine. Tuvieron que esperar su turno pero, como todo en esta vida, llegó. Paquita ofreció su consuelo abriendo los brazos como un sacerdote durante la consagración mientras, como si alguien hubiera pulsado en ella el botón adecuado, rompía a llorar desconsoladamente.
- ¡Ay, hija mía! ¡Cuánto lo siento! ¡Ahora tienes que ser fuerte! ¡Ahora más que nunca!
- Gracias, Paquita, gracias. – le contestó Mara mientras la abrazaba educadamente.
- FIN -
Si has llegado hasta aquí, te doy mi más sincero y profundo agradecimiento pues, con ello, se evidencia que te ha gustado o que, en el peor de los casos, no te has aburrido y he logrado intrigarte hasta acabar.
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