RECUERDOS DE MARA
capítulo 3
Habían pasado diez días. Carlos ya había obtenido el alta y guardaba unos días de convalecencia en su casa antes de volver a incorporarse a su trabajo. Se había recuperado rápido del infarto para lo fuerte que le había castigado. Los médicos le advirtieron que debía cambiar de hábitos: - El corazón es como el motor de un coche. Puede llevarse un calentón o dos, pero no muchos más antes de romperse del todo -le sentenció el doctor que le trataba. Él asentía cuando escuchaba esos comentarios pero, cuando volvió a su casa, se encontró de nuevo con los motivos que le llevaban a buscar esa evasión.
- ¿Adonde vas, Carlos? ¿Quieres que te traiga algo? - Le preguntó Mara tan pronto le vio levantarse de su sillón interrumpiendo su labor de costura.
- No. Solo voy a salir al balcón.
- No deberías. Hace frío fuera.
Carlos no contestó a la objeción de su mujer. Se dirigió a la puerta del balcón, puso la mano en el pomo y, apartando la cortina, observó por unos momentos el exterior antes de decidirse a salir. Efectivamente, estaba lloviendo, y el movimiento de toldos en los balcones de los edificios cercanos delataba el ataque de una agitada ventisca.
- ¿Ves? Te digo que hace frío. Anda. Siéntate y descansa.
- Estoy harto de estar sentado. - Le contestó Carlos con voz pausada sin dejar de mirar a través de la puerta acristalada. A los pocos segundos dejó caer la cortina, se giró hacia el mueble que presidía una de las paredes del salón y se dirigió hacia él. Se detuvo un momento ante el mueble bar, pero no levantó su mirada del suelo. Mara lo observaba en silencio. A los pocos segundos siguió hacia la cocina, donde se escuchó como cogió un vaso y lo llenó de una botella. Mara se irguió alarmada.
- ¡Carlos! ¿Que estás tomando?
Carlos no contestó a la inquisidora pregunta de su mujer.
- ¡Carlos!
A los pocos segundos, él apareció por la jamba de la puerta con un vaso de agua.
- ¿Que pasa? ¿Es que no puedo echarme un vaso de agua? ¿Que te crees que es, un whisky?
Ahora fue ella la que no supo que contestar.
- Valiente mierda... - Concluyó Carlos con dos palabras.
Mara se dispuso a pedirle disculpas pero, aunque fue a vocalizar un “lo siento”, las palabras no llegaron a salir de su boca. Carlos bebió de un solo trago el contenido del vaso y, tomando su gabardina, abrió la puerta de la calle.
- ¿A donde vas? - preguntó Mara desde su sillón.
- A dar una vuelta. Se me cae la casa encima. - contestó él desde la puerta.
- ¿No quieres que vaya contigo?
Pero un sonoro portazo fue la única respuesta que obtuvo.
Eran ya más de la una de la madrugada cuando Carlos apuraba su copa.
- Ponme otro whisky, Miguel - reclamó al camarero.
Este se le acercó, se apoyó en la barra y le dijo casi al oído:
- ¿No crees que deberías dejarlo ya por hoy?
- Miguel, ¿te digo yo lo que debes y lo que no debes hacer? - le contestó Carlos acercándose a su vez a Miguel imitando su postura y casi tocándole la nariz con la suya. - Ponme esa copa y no me toques más los huevos.
- Lo siento, Carlos. Cualquier día te vas a quedar en el sitio, y, cuando pase, no quiero tener yo nada que ver.
Las miradas de ambos se enlazaron durante unos instantes. Carlos querría seguir insistiendo, pero sabía que, en el fondo, Miguel llevaba razón. ¿No le interesaba a él vender otra copa?, Pero no quería cargar con otro infarto de Carlos sobre su conciencia. Bastante había colaborado ya con su estado de salud a lo largo de tantos años de servirle alcohol en su bar. Por eso Carlos se limitó a lanzarle un conciso...
- Vete a la mierda. - a la vez que dos billetes sobre el mostrador. Se dio la vuelta y se alejó tambaleándose hacia la puerta.
- ¡Cuídate! - Le gritó Miguel mirando con tristeza como abandonaba el bar, borracho, una vez más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario